Un evento crucial en su infancia definió su enfoque hacia la interacción humana. Tras ser agredido por unos niños, el joven Israel estuvo a punto de maldecirlos. Su padre, Rabí Masoud, lo detuvo y le impartió una enseñanza que se convertiría en la piedra angular de su ministerio: «Hijo mío, tienes un gran poder para bendecir… Tus palabras pueden traer gran ayuda… De ahora en adelante, debes usar este poder para decir cosas buenas sobre los demás y bendecirlos».
Esta instrucción transformó la psicología del Baba Sali. Comprendió que el Tzadik no es un juez punitivo, sino un canal de misericordia (Jesed). La maldición, aunque justificada por la justicia estricta (Din), cierra los canales de abundancia; la bendición los abre. A lo largo de su vida, se abstendría rigurosamente de hablar mal de cualquier judío, practicando Shmirat HaLashon (custodia de la lengua) a un nivel extremo para mantener puro el instrumento de su bendición.



