En las tierras de Judea, la ciudad Betulia enfrentaba un destino sombrío. Un inmenso ejército enemigo, liderado por el temible general greco-sirio Holofernes, había puesto sitio a la ciudad.
La resistencia de los hombres de Betulia fue heroica, pero la estrategia de Holofernes fue despiadada: cortó el suministro de agua y alimentos. La desesperación no tardó en apoderarse de los habitantes, quienes, al borde del colapso, presionaron para rendirse.
Uziá, comandante de la defensa, junto con los ancianos de la ciudad, intentaron ganar tiempo: «Esperad cinco días más», suplicaron, «si no hallamos salvación para entonces, entregaremos la ciudad».
El pueblo aceptó a regañadientes, pero una voz se alzó en disidencia. Era Yehudit, hija del Sumo Sacerdote Yojanán. Joven viuda de extraordinaria belleza y profunda piedad, encaró a los líderes con firmeza:
—¿Acaso pretendéis poner a prueba al Creador? —les recriminó—. La verdadera fe no impone plazos. Entregarse a Holofernes es un destino peor que la muerte; debemos confiar plenamente en la protección divina.
Sus palabras conmovieron a Uziá y a los ancianos, quienes, sin saber qué más hacer, le pidieron que intercediera con sus plegarias. Sin embargo, Yehudit tenía otro plan en mente.
—No solo rezaré. Voy a presentarme ante Holofernes —anunció. Aunque temerosos por su vida, los líderes autorizaron su arriesgada misión.
Yehudit se vistió con sus mejores galas y, acompañada por su leal doncella, cruzó las puertas de la ciudad llevando consigo una cesta con panes, queso y vino añejo. Al ser interceptadas por los centinelas enemigos, Yehudit exigió ver al general con urgencia, alegando tener información vital.
Cuando Holofernes la vio, quedó cautivado por su elegancia y encanto. —Soy Yehudit, una viuda de Betulia —se presentó—. Vengo a ofrecerte la clave para tomar la ciudad sin grandes pérdidas, esperando a cambio tu clemencia.
Con gran astucia, le contó una verdad a medias: la ciudad estaba desesperada. Le explicó que, en breve, el hambre obligaría a los judíos a comer animales impuros, violando así sus leyes sagradas. —En el momento en que pequen, perderán la protección divina y la ciudad caerá en tus manos —aseguró Yehudit—. He pactado con un guardia para que me avise cuando esto ocurra.
Holofernes, fascinado y confiado, le concedió libertad de movimiento por el campamento y prohibió que nadie la molestara. Durante tres días, Yehudit salió cada noche hacia los muros de la ciudad, fingiendo recibir informes, pero en realidad aseguraba a los suyos que mantuvieran la esperanza.
Al tercer día, Holofernes, impaciente, preguntó por novedades. —Tengo excelentes noticias —mintió ella—. Las provisiones kosher se han agotado. En cuestión de horas pecarán y Di-s los entregará a tu ejército.
El general, eufórico, decidió celebrar la inminente victoria con un banquete privado, invitando solo a Yehudit. Ella aceptó, insistiendo en que comería de sus propias provisiones. —He traído un queso de cabra famoso en mi tierra y mi propio vino —dijo, sirviéndole generosamente.
El plan de Yehudit era brillante: el queso era extremadamente salado. Al comerlo, Holofernes sintió una sed abrasadora que intentó apagar bebiendo grandes cantidades de vino fuerte. Poco tiempo después, el poderoso general yacía en el suelo, profundamente dormido por la ebriedad.
En ese instante de silencio, Yehudit elevó una plegaria, tomó la propia espada del general y, con una fuerza nacida de la fe, le cortó la cabeza. Guardó el macabro trofeo en su cesta y salió tranquilamente de la tienda junto a su doncella, como si fuera su paseo habitual hacia los muros.
Al llegar a Betulia, mostró la cabeza de Holofernes a un atónito Uziá. —¡Atacad al amanecer! —ordenó ella—. Cuando vean a su líder decapitado, el pánico hará el trabajo por nosotros.
Y así fue. Al descubrir el cuerpo de su general, el ejército asirio huyó despavorido, permitiendo a los judíos asegurar una victoria milagrosa.
En su memoria, y en el de su heroica actitud, tenemos una tradición de comer alimentos lácteos en Janucá.



